lunes, febrero 20, 2006

Alfonsina Storni y el alma que da vueltas


Estuve tocando con Mercedes Sosa, y una canción que ella hace como nadie es Alfonsina y el mar. A raíz de esa canción empecé a pensar en Alfonsina Storni, a ver su imagen triste entrando al mar, terminando su vida voluntariamente. Quizás se encontró con un mundo que no se correspondía a su poesía. Quizás encontró un amor que no la correspondía y, aunque poetisa y acostumbrada a esos Cupidos maltratados, no soportó el frío mármol del desprecio. La cosa es que recordé que mi mamá fue alumna de Alfonsina, en una escuela pobre de la Boca donde ella daba clases. Los chicos no sabían que quien los retaba cariñosamente y les tomaba las lecciones era una de las más grandes poetisas de habla hispana. Quién puede culparlos...pero mi mamá siempre me recordaba cómo era Alfonsina, me enseñó sus poemas, a apreciar su estilo tan femenino y sin embargo tan áspero a veces, como un rosal y sus espinas.
Alfonsina había nacido en Suiza, pero a todos los efectos era argentina. Más allá de los ismos en los cuales se la pretende clasificar, su poesía, pura, dorada y líquida, es un catalizador de los sentimientos que todos tenemos a flor de piel: el abandono, el sentirse lejos de todos, la incomprensión de los semejantes, la necesidad de ser aceptados, el ajuste que debemos hacer a las verdades despiadadas del mundo cuando llegamos a ser adultos...
Por eso nada mejor que recordarla con uno de sus poemas:

Alma desnuda
Soy un alma desnuda en estos versos,
Alma desnuda que angustiada y sola
Va dejando sus pétalos dispersos.
Alma que puede ser una amapola,
Que puede ser un lirio, una violeta,
Un peñasco, una selva y una ola.
Alma que como el viento vaga inquieta
Y ruge cuando está sobre los mares,
Y duerme dulcemente en una grieta.
Alma que adora sobre sus altares,
Dioses que no se bajan a cegarla;
Alma que no conoce valladares.
Alma que fuera fácil dominarla
Con sólo un corazón que se partiera
Para en su sangre cálida regarla.
Alma que cuando está en la primavera
Dice al invierno que demora: vuelve,
Caiga tu nieve sobre la pradera.
Alma que cuando nieva se disuelve
En tristezas, clamando por las rosas
con que la primavera nos envuelve.
Alma que a ratos suelta mariposas
A campo abierto, sin fijar distancia,
Y les dice: libad sobre las cosas.
Alma que ha de morir de una fragancia
De un suspiro, de un verso en que se ruega,
Sin perder, a poderlo, su elegancia.
Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega.
Alma que suele haber como delicia
Palpar las almas, despreciar la huella,
Y sentir en la mano una caricia.
Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.



Creo que el alma de Alfonsina, y el alma de mi madre están, ahora mismo, rugiendo sobre los mares, corriendo y girando libres de ataduras, delirando en un sitio que no precisa de fronteras, de valladares. Que ojalá exista, y pueda verlas algún día, entre primaveras deshojadas y vórtices de cristales intangibles.
Por ahora, la poesía me devuelve la calma, hasta la vida.

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