martes, mayo 16, 2006

El brujo del violoncello triste

Hace mucho tiempo, años ya, que me interesé en el fenómeno suscitado a raíz de las obras de Carlos Castaneda. Por aquella epoca, me limite a leer los libros uno detras del otro (a partir del primero, "Las enseñanzas de Don Juan -Una forma yaqui de conocimiento" (Editorial Fondo de Cultura Económica -1974) y simplemente me habia hecho un esquema, mental y hasta grafico, de toda esa aparente iniciacion de un antropologo a un sistema de conocimiento precolombino. Nunca pude corroborar que lo que alli apareciera fuera real. Incluso, el primer libro (en su traduccion al español, ya que fue escrito originalmente en ingles, algo ya extraño de por si ya que Castaneda era sin lugar a dudas peruano) presenta un prologo a cargo de Octavio Paz. Este prestigiosisimo intelectual mexicano, muy erudito, tampoco pudo dar fe de la realidad o ficcion del contenido, por lo cual en su prologo deslinda responsabilidades aclarando que: "Si los libros de Castaneda son una obra de ficción literaria, lo son de una manera muy extraña: su tema es la derrota de la antropología y la victoria de la magia, si son obras de antropología, su tema no puede ser lo menos, la venganza del "objeto" antropológico (un brujo) sobre el antropólogo hasta convertirlo en un hechicero. Antiantropología. " Abrir el paraguas con estilo, asi lo llamaria yo.
En esta gira a Lisboa, he tenido tiempo de sentarme a leer y, queriendo retomar un poco esta serie de ficciones o documentos, escogi el libro de una de las mujeres del entorno de Castaneda, Taisha Abelar, nacida Carter, quien supuestamente siguio un camino de iniciacion similar al de Castaneda, aunque de la mano de una mujer, Clara Grau. Leyendo "Donde cruzan los brujos" aparecen muchas dudas...asi que me adentre en mi querida Internet y busque informacion sobre todo esto. Para mi sorpresa, aparecio un "brujo" argentino, quien dice descender de otro "linaje" diferente al de Don Juan, pero con similares caracteristicas. Este brujo, Diego Galo, tambien escribio sus libros, "Anecdotas brujas". Al parecer, a los brujos no se les da por otra posibilidad que no sea la literatura...por que no un brujo que haga peliculas, o que pinte cuadros, o dibuje comics? De uno de estos libros recojo este "relato" o "cuento" ya que tiene que ver con mi instrumento. No me meto en mas honduras por el momento, ya que no he decidido que grado de realidad tiene para mi toda esta literatura.
Ah, me olvide de mencionarles que Diego Galo no tuvo que ir a Mexico como los brujos del grupo de Castaneda. En Mendoza (provincia argentina) encontro todo lo que necesitaba: un nahual (maestro), aprendices y un linaje. Ah, y sospecho que no distingue tampoco entre un violoncello y un contrabajo, pero como es un brujo escritor, y no un musico...no es raro.

IV. El brujo del violonchelo triste
-
A Rafa Alberti, amigo y poeta

que en el día de hoy está en brazos
de su muerte con la honestidad
y la claridad que sólo tienen los poetas.
De su fatal herida brotan las mejores flores para su entierro
y con ellas se viste mi primavera y su otoño.


Ramiro llegaba al café como de perfil. Su rostro ajado, atribulado por una gruesa cicatriz de cuchillo o de mujer. Los faroles de la esquina le encendían la mirada cuerva, su nigromancia en el vestir, su don de matón venido a menos. Entraba y medía las mesas en la penumbra, buscaba el grupo que formaban don Augusto, Jacinto, fierita, Zacarías y yo, que ya era un hombrecito de catorce años. Los viejos tenían la costumbre de citarse a la medianoche de los jueves, yo a veces los acompañaba, me gustaba el café y un enano mal vestido que tocaba un piano viejo pero entrador. A veces, una joven apática, estirada, de vestidito plateado y sombras violetas, de cabellera larga y lacia, se ponía a acompañarlo con su violonchelo, del cual arrancaba todas las notas posibles de la melancolía y la noche. Quisimos hacerla bruja pero acaso llegamos tarde, o acaso ya lo era y no nos quería a su lado. Cuando pasaron más de cuatro jueves sin verla tocar supimos que algún misterio la arrancó de allí y no la volvimos a ver. Sueño con ella de vez en vez, siempre está formando parte de un cuadro surrealista, está desmembrada en curiosas estructuras cristalinas y sus ojos desparramados, que son más de dos, cuelgan de ramas o sólo vuelan, o se quedan haciendo equilibrio en las maromas imposibles que en el sueño nacen del techo o de una nube. Ramiro quiso comprar su violonchelo, y Zacarías lo entendió como un augurio.
La noche transcurría con esa curiosa elegancia que tiene la tristeza cuando se añeja. No tomaban vino, tampoco fumaban: sólo café tras café. El humo estaba en el ambiente, hacía la silueta de los brujos mucho más fascinante. Ramiro pedía algo de Pugliese o las pocas cosas que el enano sabía tocar de Beethoven, en forma temeraria pero no desentonada del fenómeno estético. Yo pensaba en Trinidad, era la época en que me enamoré perdidamente de ella y el nagual tuvo que esmerar su acecho para que no me descarriara. Confieso que me descarrié a pesar de su intento inflexible, y ese su intento, cayó sobre mi en la forma de castigo terrible. Pero esa es otra historia, otra historia triste. La chica del violonchelo lo mejor que hacía era dibujar Piazzolla con sus acordes graves, y tenía su propia versión del "contrabajeando" que enturbiaba de lágrimas las pupilas de todos, hasta del más macho, hasta de Ramiro.
Parece que ya de joven Ramiro fue un delincuente. No conoció padres ni casa, su niñez fue una lucha eterna para no ser devorado en las calles salvajes de su Buenos Aires natal. Fue maleante y ladrón, provocador de disturbios, peronista sin motivos y montonero de puro hombre. Tuvo alguna que otra mujer envuelta en su historia turbia. Lo hicieron brujo a la fuerza en una comisaría, de donde lo rescató el nagual antes de que terminara como NN. No puso bombas ni esas macanas, era tipo de pelea frontal, desprecio sublevado, amistoso y guardián de sus compadres, borracho ocasional, pendenciero por honor y por naturaleza, lustrador de botas en Callao, deshollinador, guardaespaldas de cierto intendente, pegador de carteles, analfabeto por descuido pero misteriosamente culto, fana de Fangio, entrenador de boxeadores, matón a sueldo, chofer de camiones, prócer inusual que a la sombra del obelisco lloraba como insano, que lloraba cuando contaba anécdotas del general don Galo Lavalle, del general don José de San Martín y del ejército libertador. Tuvo caprichos menores: billar, bandoneón, putas, una viejita que visitaba en su asilo que tal vez fue su madre, partidas de truco por plata, colarse en el subte, darle paliza a ciertos miserables, un crucifijo. Su capricho mayor: la piba del violonchelo, tísica y atosigada de angustia y desamparo feroz.
No sé si Ramiro se enamoró de ella o fue algo diferente pero similar en cuanto obsesión. El nagual le decía que un acechador no se deja cazar por una falda, y Ramiro decía que no era por una falda, ni unas piernas ni unas caderas. Si hubiera tenido léxico, supongo que Ramiro hubiera transmitido mejor lo que sentía y lo hubiéramos comprendido. Acaso lo entiendo: la piba era una esmirriada hechicera y su simbiosis con el instrumento provocaba vértigo y lirismo acuciante. Soledad se lo encontró en una plaza y tuvo que salivarlo para que reaccionara: miraba palomas y una fuente que en el murmullo del agua se lo había llevado lejos. El fierita le quitó el saludo uno de esos jueves, y fue un jueves diferente porque Ramiro no dijo una palabra. Me entretuve con los otros aprendiendo y aprendiendo, pero mi corazón estaba turbio y Ramiro se acomodaba el pelo o la florcita del ojal, o se paraba de pronto y se acercaba a un par de viejos que disputaban un ajedrez. En su ausencia el nagual decía: pedazo de brujo me eché encima. Pero reía no con burla o desprecio, sino con respeto oculto. Los otros no reían, porque le tenían miedo. Era el acechador más bravo que conocí, un tigre de acecho, sanguinario y dulce, indulgente o despiadado. Ramiro decía de sí mismo que era demasiado malo como para tener lugar en el infinito o lo que fuera ("la mierda esa" le decía cariñosamente al infinito), y el nagual le decía que el universo tenía maldad suficiente como para que cualquier demonio menor se sintiera insignificante. Pero Ramiro no era tan malo como decía, nunca usó artes negras, ni se dio a pactos y conjuraciones y cosas de ese tipo.
Podía desaparecer de repente y aparecer en otro lugar, a kilómetros de ahí, y si le preguntaban cómo diablos lo hacía, se encogía de hombros. Dice que pensaba que un caballo brutal y azabache le galopaba en el pecho, y cuando el dolor era insoportable, sentía niños gritando, un alarido, un estremecimiento en la próstata, un relincho, una campana que ensordecía y listo: se iba a donde quería. Conocí gente idiota que decía que Ramiro era el diablo en persona. Ya quisiera el diablo parecerse a Ramiro.
Me entretuve en otras cosas y me fui del relato. Resulta que cuando la desaparición de la chica del violonchelo se hizo pronunciada y a todas vistas irreparable, Ramiro quiso obtener el violonchelo. Le costó, pero el nagual lo ayudó a convencer al dueño del bar. El dueño, creo que le decían o se llamaba Paquito, convidó un posible teléfono donde hallarla. Fuimos a su casa, y encontramos una anciana, que parecía ser su abuela. Le ofrecimos comprar el violonchelo de su nieta, y ella dijo que nada de eso, que cuando su nieta se fugó a Rosario con su novio, dejó expresas indicaciones de qué hacer con él. Devolverlo a su dueño, a su padre. Entonces se fue hacia un rincón, lo trajo en su estuche, y lo puso en manos de Ramiro.

Diego Galo, Mendoza 1999.

No hay comentarios.: